Mirada poética, el arte de estar y ser
Hola, queridos lectores.
Aquí, entre un pupurrí de nuevas exploraciones, prácticas y palabras sentidas que embellecen mi jardín interno, comienzo con la poesía.
La poesía es un camino que describe el alma; un vasto universo que se reduce en palabras sutiles, burdas o incluso absurdas para sostener el sentir humano.
No busca: encuentra.
Encuentra a quien desea ser encontrado, a quien solo puede ser escuchado. Es un susurro de la existencia, un puente para trascender en el mundo escrito; un grito silencioso que persigue la libertad, que cabalga por amor, que siente dolor, furia ante la injusticia y que también llora por las rosas y su bello color.
En mi búsqueda de una mirada más sensible, más natural y más poética, descubro cada día una belleza nueva. Para mí, se ha vuelto una práctica ritual: habitar un sentir y un estar con más presencia en lo cotidiano. Vivimos tiempos en los que el mundo grita por compasión, por conexión y por unión; pero ese mismo grito, a veces, nos desmorona. Nos esconde en los silencios, en la ausencia de la palabra, en las voces que nadie escucha, en los actos fantasma de la rutina diaria. Siento tristeza y a la vez alegría al comprender que caminamos hacia un cambio. Ese cambio es inestable, sin un rumbo fijo, como todo cambio verdadero: no lineal, sino en espiral, moviéndose entre luz y sombra, entre altos y bajos.

A veces aparece una sombra oscura, opulenta y llena de injusticia que nos condiciona, que vela nuestra percepción. Pero si miramos con atención, comprendemos que es una ilusión, una narrativa que no tenemos por qué seguir. Porque debajo de la tierra, lenta pero firmemente, emerge la luz brillante del cambio genuino, el que todos estamos atravesando, presente y omnipotente.
Tenemos el derecho y el libre albedrío de elegir quiénes queremos ser. Conectar y alimentar las corrientes del bien. Habitar la belleza y la generosidad. Practicar la gratitud hacia quienes nos aman, quienes nos enseñan, quienes nos acompañan y también hacia quienes, desde la aspereza, nos muestran el camino hacia nuestra transformación interna.
El amor tierno es clave: la compasión, el diálogo amoroso y la aceptación de la polaridad. Permitir que ambas fuerzas convivan es una danza que la naturaleza nos muestra cada día, donde miles de universos coexisten en una armonía caótica, respetando sus propias trayectorias.
He vivido semanas intensas que me han hecho sentir profundamente viva. Me he permitido serlo todo y más de una cosa: sentir la pérdida profunda de identidades que me moldearon y, simultáneamente, la euforia de estar en la cúspide de lo que deseo para mi vida. Ese permiso, esa tolerancia hacia mis propias versiones —a las que antes no les daba espacio— me han enriquecido y suavizado mi mirada, llenándola de humildad, belleza y compasión.
Ahora siento una afinidad enorme por lo nuevo que llega, especialmente por las personas que conozco. Hay un filtro maravilloso, casi divino y prístino. Veo con otros ojos, acepto, abrazo sin tanto juicio y con mayor entendimiento.
Y eso me estremece porque sé que nace de mi aceptación hacia todo mi propio espectro: la intensa, la amada, la desolada, la amargada, la hiperactiva, la creativa, la triste, la feliz. Todas viven en mí.
Este nuevo lenguaje interno lo transformo en prácticas con el grupo Alma en Movimiento, donde exploramos, transmutamos, suavizamos y realzamos nuestra autenticidad. Un espacio para desidentificarnos de esa versión fija de quienes creemos ser y permitirnos simplemente ser y estar.
En nuestros últimos encuentros aquí en la isla de São Miguel, mi trabajo ha estado centrado en llevarnos a un estado de presencia: un descentramiento suave del juicio, un espacio donde podamos habitar el cuerpo sin expectativa ni forma fija, soltando y recalibrando.
Hasta ahora, hemos explorado cómo escucharnos, cómo sentir sin corregirnos, cómo simplemente permitir que el cuerpo exista en su propio tiempo y ritmo.

Para nuestra próxima sesión, comenzaré a incorporar elementos del Butoh, una danza japonesa contemporánea que me está inspirando muchísimo.
Exploraremos técnicas que nos invitan a habitar el cuerpo con profundidad, transformando nuestro movimiento a través de imágenes internas y estados vividos desde dentro. Jugaremos con el impulso de acelerar y la intensidad de la pausa, permitiendo que el cuerpo responda sin filtros. Luego nos sumergiremos en la presencia plena de la lentitud, donde cada gesto se vuelve consciente, cargado de significado y vida.
Será una clase para despertar la sensibilidad, habitar el momento y sentir la belleza del movimiento que surge desde nuestro interior, un espacio para reconectar con la autenticidad de nuestro cuerpo y con la poesía que habita en cada gesto.
Te invito a la mirada, al estar y al sentir poético.
Un abrazo, y hasta pronto.