Al sur, donde el fin es el comienzo
Qué gracia, qué tumbado, qué sabor tiene nuestra tierra, nuestras raíces, esta gran madre Patria América y este dulce sur.
Hay un sutil sabor a fertilidad que desborda y, sí, es desbordante los chorros de amor y de desigualdad que existen por estos lares. Hoy, con ánimo de contarles lo conmovida que me siento al volver a conectarme físicamente con mis raíces: el semblante de rostros mestizos, la ancestralidad de los pueblos originarios, la mezcla indígena, colonial y afro que se cruzan mientras me voy acercando milla a milla a mis diversos destinos en esta ciudad que es una jungla de cemento, con tanto contraste, matices y colores. Estos rostros llevan milenios en el ADN.
Si así siento este cruce transatlántico, feroz, veloz, lleno de belleza y, claro, también de una dura realidad cambiante que azota los rostros cansados y amorosos de los ciudadanos de Buenos Aires.
Estoy aquí para un hermoso y tierno encuentro familiar: mi adorado primo se casó, y gran parte de mi familia estuvo aquí. Fue un gran evento por romper con tantos paradigmas y moldes; también por la diáspora nos encontramos en diferentes esquinas del globo terráqueo, y aquí estamos, apoyando y celebrando con amor su unión. El encuentro de vínculos geográficos y familiares despierta semillas de nostalgia, alegría y fibras emocionales que, por más delicadas que sean, atraviesan con profundidad. Hay una familiaridad cercana y también lejana.
Llevo catorce años fuera de Venezuela; mis viajes al sur han sido pocos y puntuales, recorriendo paisajes políticos y emocionales muy cargados aunque también de alegría y disfrute. Cada vez que regreso, la realidad de este gran continente tiñe mi alma de muchos colores.

En estos paisajes mixtos, la ciudad se viste con un jardín de cemento. Cada esquina abarrotada de cables, gente, bloques, fachadas, sonidos, puestos de comida, tráfico y todo eso que compone una metrópolis. Así como yacen raíces enormes que la sostienen, como sus árboles de colores — jacarandás, ceibas, tipas, palo borrachos, araucarias — convirtiéndose en este jardín heterogéneo y vivo.
He presenciado una riqueza creativa que me llena de orgullo: murales, emprendimientos, tertulias, encuentros, conciertos, obras de teatro con plumas y joyas de lujo con un humor inteligente, minucioso y altamente político y crítico. Porque cuando piso mi tierra hay una voz interior que me recuerda que somos seres totalmente políticos. No podemos perder nuestra voz, nuestra participación; nuestras acciones son políticas y tienen impactos.

La ciudad tiene su propio ritmo. Buenos Aires te abraza, te nutre y te espabila con un látigo de ritmo frenético y acelerado. El cansancio y la euforia de la ciudad entran como un fluido denso que va adentrándose con profundidad. Y yo contemplo y me aseguro con garras — por más que mi andar quiere ser sutil, la ciudad de la furia te azota, te nutre y te aviva.
Luego del matrimonio decidí emprender un viaje al norte del país, donde los paisajes me absorbieron y esculpieron en mi corazón y psique patrones andinos, lenguajes y susurros escondidos. La fuerza de este continente está en nuestra sangre, en las miradas dulces y el abrazo cálido de sus habitantes — los guardianes de este tesoro fértil y frondoso.

Aquí encontré respuestas que todavía no termino de articular. Me desvestí de muchas capas, llegando de nuevo al núcleo común: ese amor fraterno de ser caminantes, nómadas, de retomar la costumbre de observar, contemplar y conectar.
Todo tiene vida — una vida latente que habla y enseña: minerales que brillan como el oro, los silencios del viento contando las secuelas del pasado, los pájaros celebrando la muerte y el renacer, el agua corriendo como una vena que pulsa por debajo de la tierra, floreciendo abundancia.


Tanta belleza me dejó hipnotizada. Sentía cómo mi cuerpo resistía la salida de mi alma, que solo quería danzar desnuda en esta orquesta colorida. No sé si las palabras me basten para describir todo lo que sentí en tan poco tiempo, y siento que nunca podré decirlo todo.
Se levantan cuestiones que no puedo ignorar. ¿Cómo sembrar otras semillas en esta nueva generación que nace ya incrustada en una configuración tan elaborada e incongruente, en un sistema que parece no tener otra salida? ¿Cómo reivindicar costumbres, sentir enraizamiento y conexión sin dejarse arrastrar por el frenesí de esta vida avasallante, por el estímulo constante del hacer y el qué hacer? Cada vez más, mis queridos y las personas que encuentro en el camino comentan lo agotadas y saciadas que están, y el deseo profundo de vivir con menos afán y más significado.
Y es ahí donde algo se mueve en mí — una sensación profunda e inexplicable, intermitente pero persistente, alrededor de un cambio necesario. Un levantamiento reflexivo que me lleva de vuelta a palabras como justicia, pertenencia, herencia, reivindicación. A la necesidad de reencontrarnos con nuestra real naturaleza, con nuestros lugares de origen, con la sabiduría de los pueblos originarios y la resonancia de nuestros ancestros. Ese ADN sureño que grita por justicia sin violencia, que reclama el despertar de quienes aún dormimos dentro de esta ilusión.
Solo sé que este viaje me ayudó a soltar otras versiones de mí — maneras de estar, de ver, de pensar — y me hizo sentir más conectada y más comprometida con el cambio. Un cambio que siento que no es solo interno sino colectivo.
Me voy con ganas de volver. Me voy sintiendo que ya volví, porque lo que llevo conmigo sé que le daré un uso consciente y comprometido para mí y para quienes comparto el camino. No podemos ser ciegos a las realidades que nos rodean, pero sí podemos, en nuestras acciones y en nuestro estar, dar la mejor parte de nosotros. Cada granito de arena hace un desierto frondoso como el de estos paisajes andinos, donde civilizaciones enteras construyeron sistemas más amables, más sostenibles y en armonía con la Pachamama.
Algo de eso todavía está vivo, sigamos construyendo historias y relaciones de más unión, de más amor. No podemos dejar que nos lo arrebaten.

Seguiré aquí, atenta a ver el mundo con todos sus matices — de manera más lúcida, crítica y honesta. Aquí voy dejando pequeñas huellas de experiencias vividas en el frenesí de un viaje al sur, donde el Fin es el Comienzo.
Gracias por leerme.